CANTO AOS MINEIROS DA BOLÍVIA (1952)

Há que se viver ausente de si mesmo,
há que envelhecer em plena infância,
há que se chorar de joelhos diante de um cadáver
para compreender que noite
povoava o coração dos mineiros.

Eu não conhecia
a estatura melancólica da água,
até que uma tarde, no outono,
subi a El Alto, em La Paz,
e contemplei os mineiros ascendendo ao porvir
pela escada de suas balas fulgurantes.
Como esquecer os trabalhadores
lutando pela vida nos fuzis!
Como esquecer os ausentes
combatendo, de memória, nos subúrbios!

Observei suas casas
edificadas sobre o trovão,
entrei em suas vidas como o carvão ardendo,
toquei seus corpos
capazes de conter ódio e relâmpagos,
quando era todavia a idade inclinada de suas frentes.

Eu fui à Bolívia no outono do tempo.
Perguntei pela Felicidade.
Não respondeu ninguém.
Perguntei pela Alegria.
Não respondeu ninguém.
Perguntei pelo Amor.
Uma ave
caiu sobre meu peito com as asas incendiadas.
Ardia tudo no silêncio.
Nas punas até o silêncio é de neve.

Compreendi que o estanho
era
uma
longa
lágrima
petrificada
sobre o rosto espantado da Bolívia.
Nada valia o homem!
A ninguém importava se sob sua camisa
existia um corpo, um túnel ou a morte!

Em vão cavavam os mineiros
tratando de enterrar sua grande fadiga;
durante séculos buscaram seus olhos cegos no metal,
sem saber que na altura o pranto era neblina.
Não havê-lo sabido me envergonhava!
Porque nas cidades os poetas
choram a ausência nostálgica do ar,
porém não sabem o que é viver sob a chuva,
confundindo a fome com a sede,
e a sede com um pássaro pintado.

Eu fui um deles.
Eu não sabia por que os rios
se secam no sonho
e certos rostos nos Andes
são puras visões melancólicas.

Até que os mineiros,
cansados de ter somente uma vida para tantas mortes,
domesticaram trovões,
nutriram-se de pedras,
beberam as chuvas,
romperam com suas mãos ajula da vida.

Em La Paz.
Era outono.
Recorde-se.
Era outono.
Vele pelos mortos – recorde-os.

O sangue derramado
-era outono-
é o ouvido secreto da terra
-no outono-
e através de seu silêncio
-era outono-
decifra a raiz o idioma futuro das flores
-no outono-
e o ar sente que seu corpo
-era outono-
acaba em verde campina.
Recorde-se.

Já o vês desde a altura.
Aqui começa
a dinastia sucessora do sereno.
À minha pátria rota me vou.
Mas antes de partir, digam-me, mineiros:
Quando verei esta luz nos olhos da América?
Até quando jogarão nos dados
a túnica sangrenta da minha pátria?
Oh, irmãos, rouxinóis verdadeiros do metal,
empresta-me vossa morte para edificar a vida!

CANTO A LOS MINEROS DE BOLIVIA (1952)

Hay que vivir ausente de uno mismo,
hay que envejecer en plena infancia,
hay que llorar de rodillas delante de un cadáver
para comprender qué noche
poblaba el corazón de los mineros.

Yo no conocía
la estatura melancólica del agua,
hasta que una tarde, en el otoño,
subí a El Alto, en La Paz,
y contemplé a los mineros ascendiendo al porvenir
por la escalera de sus balas fulgurantes.
¡Cómo olvidar a los obreros
luchando por la vida en los fusiles!
¡Cómo olvidar a los ausentes
combatiendo, de memoria, en los suburbios!

Miré sus casas
edificadas sobre el trueno,
entré a sus vidas como al carbón ardiendo,
toqué sus cuerpos
capaces de contener odio y relámpagos,
cuando era todavía la edad inclinada de sus frentes.

Yo fui a Bolivia en el otoño del tiempo.
Pregunté por la Felicidad.
No respondió nadie.
Pregunté por la Alegría.
No respondió nadie.
Pregunté por el Amor.
Un ave
cayó sobre mi pecho con las alas incendiadas.
Ardía todo en el silencio.
En las punas
hasta el silencio es de nieve.

Comprendí que el estaño
era
una
larga
lágrima
petrificada
sobre el rostro espantado de Bolivia.
¡Nada valía el hombre!
¡A nadie le importaba si bajo su camisa
existía un cuerpo, un túnel o la muerte!

En vano cavaban los mineros
tratando de enterrar su gran fatiga;
durante siglos buscaron sus ojos ciegos en el metal,
sin saber que en la altura el llanto era neblina.
¡No haberlo sabido me avergüenza!
Porque en las ciudades los poetas
lloran la ausencia nostálgica del aire,
pero no saben lo que es vivir bajo la lluvia,
confundiendo el hambre con la sed,
y la sed con un pájaro pintado.

Yo fui uno de ellos.
Yo no sabía por qué los ríos
se secan en el sueño
y ciertos rostros en los Andes
son puras miradas melancólicas.

Hasta que los mineros,
cansados de tener una sola vida para tantas muertes,
domesticaron truenos,
nutriéronse de piedras,
bebiéronse las lluvias,
rompieron con sus manos la jaula de la vida.

En La Paz.
Era otoño.
Recordadlo.
Era otoño.
Velad por los muertos -recordadlos-.

La sangre derramada
-era otoño-
es el oído secreto de la tierra
-en el otoño-
y a través de su silencio
-era otoño-
descifra la raíz el idioma futuro de las flores
-en el otoño-
y el aire siente que su cuerpo
-era otoño-
acaba en verde campanada.
Recordadlo.

Ya lo veis desde la altura.
Aquí empieza
la dinastía sucesora del rocío.
A mi patria rota me voy.
Mas antes de partir, decidme, mineros:
¿Cuándo veré esta luz en los ojos de América?
¿Hasta cuándo jugarán a los dados
la túnica sangrienta de mi patria?
Oh, hermanos, ruiseñores verdaderos del metal,
¡prestadme vuestra muerte para edificar la vida!

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